jueves, 6 de enero de 2011

El feminismo devastador

El feminismo devastador

La posibilidad de la transformación implica abstenerse de institucionalizar el desprecio y el silenciamiento y, sobre todo, mantener la (auto)crítica de la feminidad

“Su argumentación corre parejas con un sortilegio. Es posible escaparse de un argumento refugiándose en la magia, y de un sortilegio refugiándose en la lógica, pero es posible también aplastarlos a ambos al mismo tiempo, y más cuando son una misma cosa, magia viva o destrucción del mundo que no destruye sino que construye.”
Kafka

Empezó como un regreso a los cuerpos adolescentes, el puro disfrute de la feminidad recién descubierta, la complicidad de las colegialas. El grupo feminista, un peculiar espacio para los juegos prohibidos: dis­positivo verbal y estructura organizativa. De las consignas generales de la década (lo personal es político) y la euforia en violar las costumbres militantes y mentales (el que habla de la revolución sin referirse a la vida cotidiana, habla con un cadáver en la boca), de la fe en las palabras que es credo generacional: el famoso pequeño grupo de concientización. Cinco a diez mujeres que nos reunimos una vez por semana para dilucidar qué tiene de común, de social y de femenina nuestra experiencia personal. Relectura de los recuerdos familiares, de la biografía amorosa y sexual, de la angustia actual, de los problemas cotidianos, laborales, domésticos, médicos… Establecimiento de un tipo general de enfrentamiento-problemática-incomunicación con un(los) hombre(s). Intercambio minucioso de conocimientos y desconocimientos sobre la fisiología y psicología de la sexualidad. Especificación femenina de lo social: enajenación, opresiones, lenguajes, mecanismos de poder, ‘explotación, adiestramientos, calidad de la vida, imágenes del cuerpo, política de los sentimientos. El feminismo como experiencia física: el cuerpo repentinamente interrogando como signo esencial e inicial (“mujer”); como primera marca en el mundo, como aglomeración dé marcas recibidas, obligato­rias, como impronta de vida en sociedad y molde de la historia personal.

Nada más aparentemente natural para una misma que el cuerpo (allí donde aún no es conducta): de pronto criticable; fenómeno de una Mismidad, una gran Costumbre detestada. Parálisis. Gestos abortados. Tentativas. Ensayo de disfraces, travestismos, im­postaciones. Lo social una y otra vez impreso en el corte de ese paso, en el impulso de esa cadera, en la velocidad de esa sonrisa: ¿qué feminidad, cuando has dejado en el ropero una, dos, tres feminidades? Transformismo tenso, compartido, vigilado por las otras. ¿Hasta dónde la mirada crítica del grupo? ¿La provocación que mi cuerpo lanza a las miradas públicas y legales? ¿Mi propio diseño de “mí misma”? Por eso, no sujetos, apenas cuerpos; por eso titubeantes (ni naturaleza, ni expresión), fenómenos. Fenómenos de una Nueva Feminidad: es decir, otra vez, el cuerpo transido de socialidad. Una experiencia física perturbadora, creativa y disciplinante a la vez, compartida con las otras mujeres que constituyen el cuerpo de lectoras de este Nuevo Código (gestual, indumentario, verbal, sensorial, sentimental, etc.)

La reunión era alegre, confusamente tranquilizadora y excitante, protectora y decisiva: un espacio donde todo puede pasar, donde hay riesgo y deseos, como una fiesta a los dieciséis, quiebra de la fijeza coyuntural. Primavera del narcisismo, de la seducción, del peligroso juego de espejos: nuestras similitudes afinan nuestras diferencias, nuestra jerarquía. Baile de valores nuevos y confusos que atribuirse y repartirse. Ruptura, mediante las palabras allí dichas y escuchadas, no sólo del mayor o menor silencio de cada una de nosotras ante sí misma (silencio de la edad adulta que sucede al obsesivo yo, yo, yo de la adolescencia), sino de la lealtad callada o los discursos circulares de cada pareja y del secreto adiestramiento en sociedad. Cambio de tono de todo lo hasta entonces dicho o pensado y carga de valor histórico e ideológico sobre cualquier esbozo de autobiografía, sobre cualquier sociología instantánea o morosa, sobre cualquier mínima actitud en que descubrir lo viejo o lo nuevo… Interpretación original de todo, radical por vocación y alcance.

Proscrita la mudez, creada o deseada esa nueva complicidad, el grupo ha de recibir, leer, comentar, amar lo dicho. También lo fuerza, lo compara y lo juzga. Las valoraciones irrumpen en desorden, en cada frase, contradictorias o infundadas. Cada frase, cada imagen, crea modelos y normas. Un discurso ideológico, inacabado pero poderosísimo, arrasa con las viejas nociones opresivas para también invadir y regimentar brutalmente amplias zonas de desconocimiento o de inconsciente, de miedos o de insatisfacciones, hasta ordenar de­seos y amparar resentimientos. Emana del núcleo, el grupo que habla, voz colectiva y estratificada; es peligroso y acogedor porque el juego que en él se desarrolla es fuertemente libidinal y sus juicios angustiosamente inapelables (sobre todo por implícitos); porque otorga la bendición a lo más violento, a lo más colérico, a lo más prác­tico y guerrero, rara vez a lo más autocrítico (del grupo mismo), y rara vez reconoce dialécticas. Núcleo sacralizable también porque está socialmente atacado (sobre todo al principio), porque se inviste el prestigio de lo perseguido, se carga de razón. Porque recupera las culpas de quienes han abandonado las viejas militancias per­sonalmente redentoras. Porque para pertenecer al grupo hay que cumplir un desafio personal, social, conyugal, intelectual. Porque el nuevo discurso refiere y desmonta opresiones muy graves, y roza do­lores muy profundos y agudos, carencias abismales, deseos arrebatadores y vitales. Para muchas mujeres, el feminismo[1] fue una historia aniquiladora de amores desgraciados que dejó poco tras de sí y que las devolvió a la conyugalidad antes traicionada o a la soledad más desértica, o se sostuvo tercamente transformado en anquilo­samiento doctrinario y vital.

Any day now, any day now I shall be released
Dylan / Midler.

Todo está bien, inicialmente, al interior del grupo. Todo orden o desorden mental, toda novedad o repetición, todo gesto y su contrario, todo tono de voz chirriante o manso, agresivo o tímido, todas las incapacidades, nerviosismos, balbuceos, histerias, desplantes y vanidades, son obligadamente aceptables.

Poco a poco, se (re)establecen jerarquías. Se repiten con no tan paradójica insistencia las del mundo exterior (en la denuncia, “viejas” o mejor aún, “masculinas”): hay las mujeres que hablan o escriben mejor; hay las socialmente mejor situadas para aparecer, firmar, declarar, acceder a los medios; hay las que tienen más dotes (o más necesidad) de organización; las que muestran “vocación” de mando; las más bellas o más atractivas, las intelectual o políticamente más “preparadas”. El grupo resiente la pervivencia de esos valores que él no ha creado, que proceden de un orden exterior e impugnado: su aspiración de absoluto es de un utopismo desesperado, bello en su perspicacia.

Además, hay las que llevan más tiempo en grupos feministas, las más informadas o las que han cumplido un camino personal admirable (un divorcio, un cambio de la organización doméstica, una incursión hacia o contra la maternidad, una excursión por una sexualidad distinta…). Estos sí son los valores propios del grupo y en ellos va formándose el modelo. Una dialéctica es consustancial al feminismo: denuncia una situación socialmente impuesta que sólo se podría modificar a partir de una revuelta colectiva, y a la vez propone y valora las sublevaciones y rupturas personales, las “soluciones” individuales. Supone la opresión ineludible de todas las mujeres pero exige a sus miembros la revisión y la subversión inmediata de sus vidas. En tanto que verdaderamente existen para muchas mujeres condiciones objetivas de cambio voluntario, en la medida en que efectivamente se han modificado en las últimas décadas muchas estructuras que forzaban la sujeción feme­nina, esa exigencia era sin duda válida. En la medida que pretendía igualar a todas las mujeres, pasando por alto diferencias de país, clase y funciones sociales, era engañosa. Además, el filo del cambio se tra­duce al interior del movimiento en una urgencia de modelo: el fantasma de la mujer (ya) liberada preside todos los grupos: la invención apresurada del ideal fue la invención de valores y normas contradictorias, falibles y escasamente revisados.

I. Misandría

Oh sister, when I come to knock on your door you should not treat me like a stranger
Dylan

Como primera medida, las mujeres teníamos que reunirnos sin los hombres, a solas. La argumentación que justificaba esta clausura fue al principio instintiva y muy discutible (“La presencia de los hombres hace que las mujeres no se atreven a hablar”; “Ustedes ya han hablado, bastante, ahora nos toca a nosotras”), pero la decisión fue sin duda acertada. El espacio creado no era meramente un ámbito ver­bal (donde “hablar’“); era básico para la formación de una conciencia colectiva femenina (ser para sí de las mujeres) y la experiencia política había probado que era imposible lograrla de otro modo; ese buscarnos como mujeres unas a otras fue un gesto fundador incuestionable. Como organización o movimiento el feminismo no podría haber existido de otro modo.

Pero la exclusión de los hombres tomó características de condena a perpetuidad. Poco a poco se cegó la dialéctica que exigía el contacto con ellos. La prolongación de la clausura creó una asfixia cada vez mayor y veló la existencia misma de una realidad muy distinta de ese ambiente femenino. Las mujeres teníamos que haber sabido que excluir a un sexo deforma las cosas. Que estábamos cultivando nociones sin correlato objetivo (el “mundo de los hombres”, el “mundo de las mujeres”: aún se habla así). Estábamos tratando de olvidar que teníamos que enfrentar, diariamente, nuestro condicionamiento, al hablar, vivir, trabajar, hacer el amor, educar hijos con los hombres, e incluso amar a éstos. Creamos un espacio artificial que, ante todo, nos gustaba, como los hombres gustan de los ambientes exclusivamente masculinos que nosotros detestábamos y cuyos valores tan bien criticamos.

Al perpetuar la exclusión durante años y, extenderla a ámbitos ajenos a la organización del movimiento como tal, al desdeñar la confrontación colectiva, y disfrutar de la escasas instancias en que las mujeres tenían el poder de excluir, ese encierro remitió a la pura i­rrealidad. Vivir espacios artificiales puede ser incluso recomendable e inspirador (como cualquier delirio o autoengaño tiene su lado fértil), pero seguramente no es buen punto de partida para actuar sobre una realidad que no prescinde del otro sexo. Ese “mundo de los hombres”“, metafórico, era simplemente el mundo exterior y mixto, el mundo tout court: compartimentado y dificultosamente heterosexual cuyos apartados queríamos romper. Muchos grupos femeninos (y no sólo los de las “radicales”’ o los de las homosexuales) se dieron la satisfacción pueril de prohibir a los hombres la entrada en sus bares, librerías, funciones de cine, etc. A veces, incluso, la cuestión condujo al enfrentamiento violento. Nunca se dijo que ello se hacía simplemente porque se consideraba saludable que un sexo descansara del otro, siempre se argumentaron miedos o resentimientos más o menos disimulados, y al final sólo una incuestionada costumbre.[2]

Todo ello remite al problema general del feminismo, que en parte define tendencias en su interior; ¿hasta dónde queremos cambiar la vida, eliminar las estructuras de opresión, el silenciamiento, las comparti­mentaciones, y hasta dónde sólo queremos apaciguar el resentimiento, participar del poder? La inversión vengativa conformaba un gesto ideológicamente inviable a la vez que conmovedoramente banal.

II. Lo femenino es bello

…situar la violencia en el otro, si existe y cuando existe, no nos exime de analizar y desmontar la violencia que ejercemos subrepticiamente, sin dar la cara como el dicho dice, con nuestro silencio y nuestras reiteradas renuncias, con nuestros cuerpos y nuestras pasiones tantas veces entregadas al ejercicio de la posesión de los demás…
Mabel Piccini

Tras un primer movimiento (muy rico y lúcido) de crítica al modelo de feminidad establecido, que implicaba nuestro sometimiento, nuestras pérdidas, nuestra prisión, nuestra falta de derechos y posibilidades, reapareció el problema: 1) Ser femeninas significaba aceptar la opresión, ser masculinas (es decir, imitar el modelo de masculinidad dominante) nos repugnaba: nosotras no queríamos adiestrarnos para oprimir; 2) Muchos rasgos de la feminidad establecida nos parecían valiosos, y habríamos querido liberarlos de la sumisión que era su precio. Primero, no soportábamos que características deseables, que nos eran atribuidas, fueran despreciadas al rechazar en bloque, como conjunto coherente, todos los rasgos tradicionalmente femeninos.

Se­gundo, creímos que si la feminidad implica una condición oprimida y no-poder, en ella debían encontrarse los caracteres deseables para el “ser humano” ideal y, ante todo, para la “nueva mujer”. Así por ejemplo, suponíamos femeninos la falta de afán competitivo, el desinterés, la vocación de belleza, la valoración de lo efímero, lo no productivo, el contacto artesanal con las materias, la gracia, la ternura, la generosidad, la comprensión, la expresividad, la ausencia de orgullo, la intuición, etc. Mientras un feminismo despreciaba de un solo golpe la feminidad, como molde fabricado para esclavizarnos, como diseño para nosotras peligroso que sólo daba armas al “enemigo” (y como culto de la influencia y el irracionalismo); otro se dedicó a proclamar que el modo de ser femenino (aunque nos fuera impuesto) era mucho más va­lioso que el masculino (enteramente demonizable) y que por tanto no debíamos sacrificarlo a cambio de la “libertad”. El hecho, a veces reconocido, de que las mujeres practicasen también la astucia, la manipulación y la mentira aparecía superficialmente justificado o explicado por el exceso de su opresión.

Al analizar las funciones de la mujer en la esfera doméstica, y las figuras que en ella ha de adoptar, como parte de la carga, del trabajo, femeninos, pasamos por alto el hecho de que “el poder masculino mani­fiesto tendría su contrapartida en lo que podríamos llamar el poder femenino invisible”[3] y de que este poder es grande y se ejerce en toda la esfera que paradójicamente seguíamos considerando benefi­ciada por la feminidad. De hecho, ese poder invade, (de)forma y entrega al miedo la afectividad, los cuerpos, la debilidad, el deseo de felicidad de los hombres y de las mujeres. Es papel de la mujer la vigilancia sobre el espacio doméstico, su centralización jerárquica y puritana, la orientación de la afectividad y la sexualidad de hijos e hijas hacia la funcionalidad y el arribismo sociales. Es consustancial a su función el adiestramiento en el chantaje y la maniobra bajuna ante el poder formal de los hombres en la esfera privada, lo mismo que el respeto acrítico a la autoridad, el conservadurismo militante, la enseñanza y la práctica del temor y la humillación.

Este trabajo de la mujeres hasta hace poco forzoso, es lo que torna verdaderamente in­fernal su condición, de la misma forma que el horror de la condición masculina no está sólo en que resulte invivible y miserable para ellos sino en que los obliga a oprimir: tal vez más lamentable aún el papel de la feminidad que ha de transformar en mentiras las instancias más entrañables de la vida, que se le confían condicionadamente.

Sabemos que la feminidad implica la debilidad no sólo como condición sino como autodefensa, como trampa; implica derechos cuestionables más que virtudes. Por ejemplo, las mujeres tenemos acceso a la ternura, la exclusiva sobre su autorización, licencia para utilizarla para nuestros propios fines, adiestramiento para invertirla y cobrar sus réditos. Estamos tan lejos como los hombres, o más, de una ternura honesta y deseable. En la medida en que no podemos prescindir de ella como arma, no podremos regalarla ni suscitarla honradamente. Así también, tenemos derecho al contacto físico con los hijos, a acariciar, a acariciarnos entre nosotras, pero también a convertir la caricia en lazo o en hueca mecánica. Tenemos el poder sobre la belleza y oportunidad de comercializarla, como se nos reserva el uso de la expresividad, las habilidades de la seducción, los goces narcisistas, el salvoconducto del miedo. Temibles víctimas: no sólo míticamente temibles como vampiresas, brujas o vaginas dentadas, sino doméstica, actual, minuciosamente sumisas y poderosas.

No ahora, como reivindicación de autonomía feminista, sino también en su versión tradicional (“aunque el reiterado dictamen psicoanalítico, pedagógico, jurídico nos lo haga olvidar”) (3), la mujer ha tenido el po­der de hecho sobre la reproducción, la exclusiva de la maternidad no ya en su sentido biológico (en absoluto libre hasta hace poco) sino en lo que de riqueza, placer físico, seguridad afectiva, posibilidades crea­tivas tiene realmente. Ni en el caso de los hombres ni en el de las mujeres la falta de libertad implica ausencia de poder. En ese poder y esos derechos las mujeres han sido crueles, castradoras, mentirosas, y sólo excepcionalmente amantes. La mayoría de sus gestos para con los hijos son blandamente autoritarios, insidiosamente atemorizantes (“te vas a caer”), dulcemente encadenadores (“ven con tu mamá’). La mujer cumplida no discute, se queja; no comprende, “perdona”; no enamora, obtiene un espejo. De esos valores atribuidos a las mujeres no hay uno que no sea funcional a su poder y a la opresión de todos. Olvidar esto es pagar tributo a última hora al sistema que así nos lo ha impuesto, es capitular de todo intento de cambio. Fortificarse en la solidaridad feminista (que ciertamente constituyó una fuente de apoyo generosa) para recomponer el derecho a ese poder es volver a capitalizar la opresión sin salir de ella. El feminismo partió de una “misoginia” razonada que debería haber sido incorruptible, como lo fue el rechazo de la masculinidad oprimente.

La liberación de todos esos “valores” que estábamos obligadas a encarnar y utilizar sólo habría sido posible en una intensa dialéctica con aquéllos que supuestamente carecían de ellos. Si es imposible partir del blanco, de una repentina mujer sin cualidades, sólo la confrontación con la sed de ternura y de debilidad de los hombres po­día forzar la invención de una ternura bisexual, una debilidad honesta por ambas partes. Pero en cuanto adquirió poder como discurso, el feminismo no sólo declinó esa confrontación que debió ser obsesiva, insistente, sino que la proscribió por inútil o la desdeñó como concesión al enemigo. De ahí un feminismo triunfalista que se finge victimado en su aislamiento: feminidad recobrada, tranquilizante regreso.

Así también la maternidad feminista en sus dos opciones. O bien, “Hemos de prescindir del útero para ser personas” (como sí sólo del útero hubiera que prescindir al negarse a tener hijos). O bien: “Podemos tener hijos sin los hombres, todo lo que hace falta es un espermatozoide oportuno”: más allá de la rabia que lo adorna, este punto de vista implica una justificada declaración de autonomía pero no un proyecto de felicidad muy viable. Lastimosamente, tras cinco o seis años de maternidad autónoma, las madres voluntariamente solteras empezaron a descubrir -tras alguna excursión o contaminación psicoanalítica- que a sus hijos(as) les faltaba la “figura paterna”, como si carecieran de alguna vitamina peculiar.

Sin duda, la maternidad tenía que plantearse de un modo radicalmente distinto que hasta ahora. Por lo pronto, había de ser voluntaria, de donde las luchas por la anticoncepción, el aborto, la educación sexual. Con lucidez, muchas feministas rechazaron la primera reacción más elemental que ve en la reproducción el posible origen de todas las opresiones y por tanto se niega a prestarse a ella (así lo plantean aún muchos grupos). Pero la opción inversa, la idea de la maternidad en solitario implica también una renuncia y no sólo la afirmación de una posibilidad recién abierta.

Desbancar la paternidad y sus legalidades, bisexualizar la maternidad, inventar una filialidad no sometida, una protección no autoritaria ni chantajista, una reproducción no matrimonial, androginizar o hete­rosexualizar la ternura, lo físico, el goce, el amparo: tales son los sueños que resultaron frágiles ante el resentimiento, el cansancio, el deseo de poder sobre los hijos, el desamor, el ansia de justificarse vitalmente… En cuántos casos ahora, de nuevo, la maternidad monstruosa: esta vez, feminista y víctima, feminista y heroica, renovadora en las mañas de su aparente sinceridad, modernamente abnegada en su soltería…

Al acusar mecánicamente a los hombres por su ausencia en la esfera de los afectos (ausencia que les es impuesta y que es modificable), al atribuirles la violencia, el deseo de poder, la dureza y el egoísmo que mutatis mutandis compartimos, renunciábamos de hecho a toda esperanza de cambiar la vida. Renovamos su exclusión y nuestra miseria al expulsarlos de nuevo, esta vez “feministamente”; vindicativa­mente, como quien sabe lo que hace, de la maternidad, del amor, de la utopía. Para llegar a este tipo de postura claudicatoria, se atravesó un complejo proceso de enfrentamientos mal planteados, retroali­mentaciones de la impotencia, delirios sectarios. La transitoria liberación y la aparente lucidez que disfrutábamos al interior de los grupos había de confrontarse enseguida con la necesidad cotidiana de vivir con los hombres y de cambiar los términos de esa vida, transformación que era el sentido último del esfuerzo feminista.

De nuevo la cuestión es dialéctica: la relación con los hombres está mediada por la sociedad de un modo complejo que entendimos bien, pero la posibilidad de la transformación no sólo está en incidir sobre esa mediación (no está sólo en exigir lo social y políticamente exigible), también depende de la confrontación directa con ellos, de la utilización de las muchas instancias en que el cambio inmediato es posible. Dos cosas habrían sido necesarias para ello: abstenerse de institucionalizar el desprecio y el silenciamiento discriminatorio y, sobre todo, mantener la (auto)crítica de la feminidad en vez de mostrarse cada vez más dispuestas a pactar con ella siempre que propusiera facilidades y no desventajas. Versión feminista de la masculinidad: po­breza de los criterios dedicados a la condenación, triste curso de la inercia en que la distribución inveterada de los rasgos de carácter florecía de nuevo en un obvio sexismo invertido.

Así, al contrario que con la feminidad, ninguna parcela de lo masculino era recuperable, pero no porque todo en ello fuera funcional y complementario de lo femenino (en la universalidad de la opresión), sino superficialmente resentido, concretamente acusado en -cada individuo varón. Son masculinos (más aún, machistas, intencionadamente masculinos y dis­criminatorios) si proceden de un hombre, tanto un piropo como una exigencia metodológica, una reacción colérica o un cortejo activo (y no deseado), la aspiración a ser escuchado y a recibir atención (si estoy ocupada en otra cosa), el gusto por el cuerpo de una (otra) mujer, un relato escrito desde la primera persona masculina (si no me elogia a gusto mío), una conducta impetuosa en la cama o una conducta autocontemplativa y tranquila en la cama (según mis preferencias de esta noche), la renuncia a autoanalizarse (y a dar pie a mi oratoria), un ataque de celos, un desastre culinario, una “traición” amorosa, el malhumor con un niño que llora. Este discurso enloquecido y enloquecedor gozó y aún goza de la credibilidad culpable o acusatoria de miles de mujeres y hombres. Bajo la manifiesta validez del plantea­miento crítico feminista se cobijaron innumerables oportunismos, injurias, prejuicios, absurdos; aún hay que maravillarse del poder de convicción que tuvo ese planteamiento para lograr que tantos hombres aceptaran los insultos y el silencio que les reservaba.

Sin deseo de cultivar el melodrama, es imprescindible recordar que los hombres que sufrieron esta discriminación no fueron los autocomplacidos modelos de la masculinidad criticada, sino los que optaron por vivir de cerca el proceso feminista, los que colaboraron, escucharon, escribieron, cambiaron, cocinaron, cuidaron de los niños. El feminismo fue también devastador para muchos de ellos, dado que fue también su experiencia. No es posible reclamarles ahora una responsabilidad que casi siempre, de un modo u otro, se les obstaculizó. Está claro que para colectivizar su problemática tendrían que haber actuado junto a las feministas y no, imitándonos, por su cuenta. Si el feminismo fue beneficioso para muchos hombres, las fe­ministas no pueden atribuirse mayor mérito por ello. No vale tampoco aquél frecuentado “Nosotras no tenemos que liberarlos a ellos” porque no se trató de un delito de omisión (en sí misma destinada al fracaso), sino de la construcción activa de un nuevo discurso sexista y discriminatorio.

III. Lo viejo y lo nuevo

Yo no hago el amor con los órganos
M.P.

La más compleja aspiración feminista fue la conquista de la sexualidad femenina, larga sombra, marea retenida y negada, torturada y temida. “Descubrimiento del propio cuerpo (colectivo)”: anatomía, fisiología del placer y de las hormonas, síntomas de la psicología que demanda o que se le impone a ese cuerpo, historia de las leyendas y atrocidades de que ha sido objeto. La sexualidad de las mujeres, abierta a la investigación y a la experimentación y a una nueva alegría. Motivo inmediato de reivindicaciones sociales (educación, anticoncepción, aborto).

Y objeto también de “reivindicaciones sexuales”. Por ejemplo, reivindico mi derecho a saber que tengo un clítoris, y reivindico una manera clitoridiana de hacer el amor. Reclamo, ante los hombres como género y ante cada uno como espécimen, tales o cuales rasgos de una nueva sexualidad de las mujeres como género, mía como espécimen: derecho a la iniciativa, a la actividad a la búsqueda de mi placer, a la promiscuidad (es decir, a todas las características hasta ahora propias de la sexualidad masculina); exijo atención, suavidad, respeto de mi ritmo, de mi autogestión, de mi sensibilidad, y conocimiento general de mi (nuestra) anatomía. Niego la fidelidad como naturaleza, la fecundidad justificatoria, la frigidez virtuosa, la obligación de la dulzura decorosa.

Del conjunto vago y móvil de esos rasgos que queremos posibles y que suponemos originales de la eroticidad femenina, y del corpus científico recién difundido y comentado, surge un credo feminista sobre la sexualidad de las mujeres, una doctrina sexológica. Entre sus premisas más generales: el orgasmo vaginal es un mito, el punto más sensible del cuerpo sexual de la mujer es el clítoris, la penetración sólo sirve al placer masculino, la penetración es un gesto de dominio por parte del varón y exige vocación de sumisión por parte de la mujer. Esa doctrina, racionalizada como ideología, defendida como identidad, postulada como consigna sólo impugnable en la penumbra del placer personal, tiene inmediata aplicación al análisis de la vida sexual de cada mujer y cada pareja. Entre los primeros gestos de una feminista se cuenta la discusión con su compañero sobre la sensibilidad de ella y el comportamiento sexual de ambos: protesta, diálogo cuyos términos se crean y endurecen al hablar, rupturas, exploraciones.

El feminismo produjo nuevas investigaciones psicoanalíticas y brillantes críticas al psicoanálisis y a las sexologías de consultorio que desconocían la fisiología femenina, explicaciones sobre la forma en que los cuerpos están transidos de socialidad y de míticas imágenes, bellos elogios del cuerpo femenino y de su capacidad para el goce; pero como toda ideología hasta ahora, en cuanto a la sexualidad, el femi­nismo crea una nueva normatividad tras un primer movimiento liberador. Convertido en doctrina y potenciado en sexología, produjo inquietantes filípicas contra las mujeres que todavía (el tiempo siempre está a favor de las ideologías) hacían el amor de tal o cual manera, aberrantes manifiestos “a favor” del clítoris (súbitamente objeto de mayúsculas o de poemas), sorprendentes clasificaciones de los hombres en “suaves” y “hombres”, convocó para muchas mujeres la obligación del orgasmo o de los orgasmos o de un tipo de orgasmo; estableció formulismos de alcoba nuevos pero cómicos; sirvió de base a agotadoras argumentaciones sobre los defectos del “hacer” sexual o de tal o cual individuo… No mejoró por sí mismo ninguna relación sexual concreta (aunque, benéficamente, interrumpió muchísimas, y modificó los términos de poder en que esas relaciones se plantean): difícilmente una ideología podría conjurar el placer, aunque pueda expresar infinitamente su ausencia. De ahí las dificultades de la transformación deseada y su secuela de renovadas frustraciones. Con amplia documentación científica, opiniones expertas, recomendaciones precisas e ingenuas, terminología y jerarquías magisteriales y (re)moralizaciones de las partes del cuerpo, se elabora y aplica una sexología. Con todo el cuerpo personalmente vivido y conocido, sin miedo y sin dictámenes, y con los propios e intransmisibles miedos, la historia y las figuras de ternura y belleza, con todos los órganos y con los que el capricho y la inspiración iluminan momentáneamente, con imaginación y empatía, con narcisismo y arrobo, con penetraciones por todas partes y mutuas, se hace el amor gozosamente.

El credo sexológico feminista estuvo potenciado por el elemento homosexual, que a menudo se descubría su abanderado avant la lettre, y que radicalizó al feminismo en muchos sentidos pero en mu­chos, también, lo congeló en un rechazo a medias colérico a medias resignado de todos los contactos, vínculos, enfrentamientos y dialécticas heterosexuales. Bajo el influjo lésbico, la sexología feminista sólo tenía que dar un paso más (hacia la impracticabilidad): la heterosexualidad es voluntad de sometimiento, es complicidad con el machismo, es incoherencia ideológica. Así la heterosexualidad en lo sexual y amoroso; pero el trasfondo del problema es siempre el mismo: el feminismo en su auge y su crisis propiamente política no lo­gra cambiar el mundo y sueña con abstenerse de él; esa vacilación entre amargura y pureza habita los cuerpos y alberga los lechos en su inadecuada cuadrícula.

Con el tiempo he visto que tengo que dar a las mujeres
instrucciones para el descenso sobre mi cuerpo…

En su investigación sobre la sexualidad, el pensamiento feminista repitió la omisión del sexo masculino. Institucionalizó una ignorancia de la sexualidad masculina en el supuesto erróneo e interesado de que ésta era ya ampliamente conocida puesto que los hombres habían hablado de ella suficientemente y/o el discurso sobre esa sexualidad formaba parte de la sexología dominante y/o los nuevos planteamientos que los hombres intentaban y han intentado desde siempre, y también desde su lectura del feminismo, eran readaptaciones de su voluntad de poder. Sin embargo, es evidente que los hombres tampoco tienen acceso a un conocimiento amoral de su cuerpo, que su experiencia no es de libertad y que la ideología dominante no rodea de menos leyendas ni menos prohibiciones a la sexualidad masculina.

Ignorar esa ignorancia, carecer de esa curiosidad, es un gesto incoherente en el discurso feminista. Si la sexualidad de la mujer es una “gran desconocida”, no es porque falte un discurso al respecto sino porque ese discurso es “falso” (la mujer no es pasiva aunque un inmenso número de mujeres estén obligadas a serlo), por tanto hemos de “inventar” una sexualidad de la mujer que sería “verdadera”, o al menos nueva, libre de las viejas sujeciones. Y en efecto: la inventamos, colectiva y no personalmente, demasiado rápido, la afirmamos a partir de criterios que debieran ser sólo negativos, la caracterizamos bastamente y nos pusimos a la tarea de lograr parecer­nos a ese modelo y a padecer de culpas y vergüenzas si no lo lográbamos. Pero no nos preocupamos de preguntarnos si había una “verdadera” sexualidad masculina que “inventar”.

Y si lo hicimos fue sólo a partir de nuestras propias exigencias (coyunturales, egocéntricas o ideológicas): si yo he de ser clitoridiana, necesito una masculinidad masturbatoria; si he de ser activa, requiero un compañero experimentado; si quiero mi derecho a la iniciativa, necesito que el otro decline su derecho al rechazo; si deseo que se respete mi ritmo, prefiero una pareja disponible. Quiero el derecho de gozar del otro, pero no la responsabilidad de su goce; quiero vía libre para buscar mi placer, pero no quiero adorar, perseguir, arriesgarme al ridículo y la humillación; quiero autocontemplarme no sólo en el espejo y en todas las miradas (como hasta ahora) sino también a mis propios ojos, en el ardor y en el éxtasis. No quiero enfrentar ningún misterio en el cuerpo, en la sensibilidad de los hombres: quiero la versión simple, dispuesta, fácil de satisfacer, reducible, manejable, de lo fálico. (Quiero hacer desaparecer el falo de todos los paisajes, pero me aturdo si no lo encuentro.) Quiero una sexualidad masculina suavizada, domesticada, ideológicamente obligada a atender a mis deseos.

Si creó una sexualidad femenina nueva o modificó el discurso en torno a la antigua, la concepción común y propiamente feminista de la sexualidad de todos no fue más allá de pretender la inversión del po­der (y del saber). No sin perspicacia, las feministas hallaron que el descubrimiento de su opresión les daba, en los ambientes de su práctica sexual, el derecho al lenguaje, y que en la sexualidad quien tiene el lenguaje tiene el poder.

Cuando se adoptaba tal “machismo femenino”, ni la “solución” o la “coherencia” homosexuales, esa doctrina sexológica condujo al reducto común en que pararon las devastaciones del feminismo: el pla­ñido de las víctimas. Aunque reivindicaba el derecho al placer (combatiendo en efecto muchas de las instancias sociales en que no se producen las condiciones objetivas de ese placer), el feminismo no ofrecía (ni ningún discurso ideológico puede ofrecer) más que valoraciones parciales del placer, no elementos para su búsqueda; y como el goce no ha de encontrarse mediante normas ni argumentos, ni mediante una mágica confianza en las palabras, sino que ha de buscarse en todas partes, incluso allí donde parecía imposible a los criterios sexológicos, en todos los campos de riesgo de la vida, en todas las honestidades, rupturas y comodidades, y en el propio e irrenunciable deseo, sólo se recurrió al feminismo como (muy adecuado) instrumento de queja.[4] Buena medida del tono clínico de denunciatorio de la nueva sexología entronca con la decisión de irresponsabilizarse del propio placer analizando los motivos de su imposibilidad.

Restos de la antigua decencia, en ese sólo hablar del cuerpo femenino; temor a exhibirse deseosas del cuerpo masculino, pudor de exteriorizar la adoración o la inquietud que despierta. Pudibunda exigencia de dulzura, de cariño y respeto, como principio y fin de la sexualidad. Nunca mostrar el celo, el hambre de un cuerpo masculino. ¿Qué sexualidad asumen las mujeres no hablando más que de sí mis­mas? ¿Cómo, si el otro fuera verdaderamente deseado, podrían exigírsele tantas eficacias, y nunca preguntársele su vulnerabilidad, su seductibilidad más allá de la costumbre? Si las mujeres logramos ena­morarnos alguna vez de algo que no fuera nuestro propio reflejo, no medió en ello la autista, austera, sexología feminista (aunque sí el impulso general al feminismo, su tendencia hacia la conquista de un yo femenino que también podría haber sido un yo deseante, enamorado).

Pero el discurso feminista sobre la sexualidad no se planteó, como necesario punto de partida, la mujer ante el cuerpo masculino deseado, por más que insistiera en que el “deseo” no era propiedad masculina. Este “deseo” aparecía en ese discurso como sin objeto, como si no quisiera confesarlo, o como una circunstancia fisiológica. Si no lo suponemos implícito (dis-culpado) en la metafísica propiamente amorosa (“heroínas” del amor pasión), nos sería difícil encontrar un discurso sexual de las mujeres sobre los hombres. Y el feminismo clausuró aún más esa posibilidad, esa libertad, cegándose al cuerpo masculino, rechazándolo como símbolo de la opresión, o insistiendo en el cuerpo femenino como único deseable.

En lo sexual, el feminismo fue inmensamente valioso en su sentido negador. Debió ser sólo destructor de mitos, destructor de métodos, imposiciones y enseñanzas, directamente opuesto a toda normatividad o recuperación moral de la sexualidad. Tampoco tiene ninguna utilidad si se parte de una resignación fundamental que busca rápidos culpables donde harían falta lentos, variados, atrevidos, gozosos aprendizajes.

IV. Líbranos del amor

… una filosofía del amor allí donde no ha de esperarse sino su afirmación
R. Barthes

En los sesentas, la tradición moderna que considera al amor como revolucionario (versión surrealista: el amor contra la “vida sórdida”; versión miliciana: “el mundo cambia cuando ojos se besan”), combina la noción de amor por la humanidad (haz el amor y no la guerra) con la reivindicación de la sexualidad libre, y sólo en apariencia asume la defensa del amor pasión. Como conjunto, estas tres instancias de lo amoroso se someten a una misma politización, una renovación de su significado ideológico. Así en una sociedad de solitarios, unidimensionales y competitivos, el amor (por personas concretas, por el género humano) es revolucionario, colectivizador solidario. En una sociedad represora de la sexualidad, que enseña a temerla o a invertirla para el futuro, la libertad sexual implica revuelta, escándalo público, resistencia de particulares. Del amor pasión en cambio no puede hacerse politización alguna ni vocación colectiva ni desmi­tificación de valores establecidos como no sea el rechazo de toda obediencia que desde siempre le es propio indiferente a la ideología dominante como a la moral revolucionaria, recoge y asume en cada instancia sólo su propia tradición, la de todos los amantes de la historia; es marginal pero privado, atravesado por la socialidad que le es contemporánea y también impermeable a ella, a la vez en íntima disputa con la historia e igual a sí mismo: ahistórico. No se le puede valorar moral o políticamente más que desnaturalizándolo, exigiéndole que sea otra cosa; pero su fuerza está precisamente en negarse a ser otra cosa, en negarse a servir.

El modelo amoroso que proponen las ideologías, un ideal fraterno que supone una sexualidad desdramatizada y pacífica, relaciones múltiples y desjerarquizadas, apertura de la intimidad, verbalización de los sentimientos, colectivización del hogar, los hijos, la economía doméstica. El amor pasión, en ese nuevo orden, es una especie de floración deforme que perturba el panorama de armonía en que nada es exclusivo más que a riesgo de ser posesivo y reaccionario, donde la lealtad es grupal y la libido es circulante.

Además, el feminismo tenía sus propios motivos para encontrar inconveniente al amor pasión. Primero, porque precisamente demanda una libertad sexual no (re)moralizable. De ahí el primer conflicto: el feminismo desmontó las piezas de la jerarquía familiar (si bien desatendiendo la crítica del papel femenino en esa jerarquía), denunció la competencia entre las mujeres, rechazó la fidelidad impuesta a éstas por el patriarcado, y por el otro extremo prohibió a toda feminista perjudicar los intereses “amorosos” de otra mujer. Con ello llegaba a considerar a cada hombre como propiedad de su compañera. Por el mismo camino, siguió considerando a la soltera como peligrosa y exorcizable, bruja entre las brujas como entre las señoras. Como si se tratara de una ideología adaptable a cada instancia de sufrimiento de una mujer, el feminismo lo mismo podía servir para atacar la monogamia institucional que para defender la propia. La libertad sexual ganó la batalla sólo a condición de desapasionarse. Lo esencial es la desvalorización de lo amoroso-privado: desvalorización de la pareja en favor del grupo, desvalorización de la atracción sexual o del amor adúltero en favor de intereses fraternos (el “amor” hacia las mujeres en su conjunto privilegiado sobre el amor por tal o cual persona). Las ideologías se pueden permitir ser sexualmente permisivas, pero dar carta de naturaleza al amor pasión es renunciar a un espacio que por vocación han de ocupar. Más allá, el feminismo criticó las formas (las normas) del cortejo, de la puesta en escena amorosa, su reparto de papeles; hizo su historia, condenó el inventario de actitudes que las costumbres exigían de las mujeres en trance amoroso. Propuso formas de sexualidad, formas de convivencia, formas de trato, de coqueteo, de lenguaje. Pero no podía proponer formas de pasión. Al desmitificar, releer, combatir, violentar las estructuras que reproducen la opresión femenina, hizo una profunda crítica de la pareja monogámica heterosexual, núcleo familiar. Pero es sabido que la pareja no es el amor, ni siquiera esa pareja es la única posible.

En cambio, coincidió en proponer formas de vida nueva que exigen comportamientos sólo concebibles en asociaciones amoroso-fraternales y unívocas (permanentemente “cariñosas”), por oposición a la esencia dialéctica, semiagresiva, cuasi-autorrenunciatoria, peculiarmente egoísta, del amor pasión, el ideal feminista tendía confusamente a parejas fraternales si no a las convivencias grupales, comunas, etc.

Ese modelo de relación amoroso-fraternal suponía la subordinación de fuerzas ciertas, como los celos, el deseo amoroso de tener hijos, la pasión monogámica, la rivalidad, la complicidad de los amantes frente a “los demás”… Intentaba uncir esas fuerzas a la claridad y univocidad de la nueva moral. Como su intento resultaba repetidamente vano, en cuanto la pareja reorganizada y revisada o inmersa en el grupo se encontraba de nuevo en la particular tensión amorosa, las feministas recuperaban el lenguaje de la queja o de la acusación ideológica, confundían las lamentaciones amorosas con reivindicaciones y, si obser­vaban desde fuera, encontraban a toda mujer enamorada defectuosamente feminista, voluntariamente sometida. La patética conclusión fue que el amor es un lazo mediante el cual los hombres nos oprimen, nos someten cuando ya no tienen otro recurso; amarlos es embriargarse y cegarse; si nos fuerza a soportar y desear la cerca­nía del tirano, librémonos del amor.[5]

Al parecer, el amor pasión y las desdichas o felicidades que de él se derivan no son social y políticamente analizables en última instancia. Si pueden llegar a serlo, seguramente no será a base de negar su existencia ni de advertir contra el amor como contra una falta o caída. Esto último no es sino una repetición del viejo gesto burgués que lo condena por improductivo o indecente, o al juicio cristiano que lo tacha de idolatría, defección del amor (comunitario) a Dios. Así también, el ir y venir de la atracción por múltiples objetos amorosos a la pasión por un solo cuerpo no implica una opción entre posturas ideológicas contrarias, sino la alternancia de estados amorosos (de los que “no cabe sino la afirmación”).

En la práctica el feminismo cargó el vínculo amoroso entre dos personas de una vigilancia ideológica paralizante y de peculiares obligaciones disculpatorias, y contribuyó al miedo al amor que marca hoy la promiscuidad recién ganada.

La actual vuelta a la privatización implica más una renuncia de lo público que una valoración de lo privado. Si los dialectos psicológico-políticos, que servían para analizar la vida privada y que llenaron la cotidianidad con sus amplificaciones de la minucia y su adscripción de cada gesto al progreso o retroceso de la historia, están hoy fatigados, no por ello los valores que los fundaban y la moral que respiraba en ellos tienen menos aceptación. Así, la intimidad con una o dos personas puede ocupar toda nuestra atención, pero nuestra desconfianza hacia la validez de esos vínculos (de dependencia, de complicidad aisladora, de vergonzante cuasi-monogamia, de cuestionable posesividad) es la misma; como no podemos oponerles valores colectivos y los proyectos grupales se han hundido con estampidos o con gemidos, les oponemos valores “individualistas”: así la soledad como heroísmo, la autonomía como prenda intocable, la habitación o la casa propias como espacio vital. Y los amores no-comprometidos, efímeros, múltiples. Porque da miedo y pereza volver a entrar en ese laberinto, eso mismo “que ya sabemos y se acaba”, ese tejido de falsedades, necesidades, exigencias, mecanicidades, en que nuestras convicciones son vulnerables: cuidémonos del amor, en este extremo acobardamiento.

V. Sálvese quien pueda

La gran borrachera ha terminado. La feminista del grito vuelve a casa. Se sienta, depone banderas y cintas, reflexiona con angustia sobre sus labores, revaloriza el ámbito privado. Un día nos preguntarán cómo ha terminado esta historia del feminismo, como ha sido que, a una tal furia de esperanza haya seguido una indiferencia hermana del nihilismo.
María Antonieta Macciocchi

El feminismo que queda se decanta hacia la profesionalización, hacia el anquilosamiento dogmático de la tendencia “radical”, o hacia la domesticación. Queda el feminismo oficioso de las mujeres que lo vivieron como una carta blanca de inmunidad intelectual, ideológica, se­xual, profesional. La confusión que para algunas fue fértil y para otras devastadora, fue para muchas secundaria, porque lo principal era haber descubierto un código nuevo en el que siempre tenían razón, un lecho cómodo para todas las mediocridades, un medio de vida y de hacer carrera. Como postura reivindicativa, como lectura verosímil de las psicologías, el feminismo está agotado. Como crítica de lo cotidiano y de las “evidencias” ideológicas fue un punto de vista de enorme fuerza y riqueza.

Como catálogo de actitudes tiene hoy un regusto envejecido y oprimente. Atravesó una variedad fascinante de posi­bilidades y se fue quedando al final con demasiado pocas, demasiado resignadas. Si hemos de desexualizarnos, masculinizarnos, desmaternizarnos, homosexualizarnos o refugiarnos en un convento de mujeres victimadas, ¿dónde está lo nuevo, la posibilidad recién creada? Si el feminismo sobreviviente concluye que sólo cabe inventar un mundo aparte, feminizar la sexualidad (suavizarla) porque no es concebible la androginia y porque la visión unívoca (femenina) de la sexualidad prohíbe considerarla igualitariamente violenta y tierna, simbólicamente contradictoria y alternante; si hay que renunciar a la maternidad, porque ya no sabemos cómo, dónde, con qué deseos, en qué convivencia, para qué esperanza, desde qué cuerpo tener hijos; si hay, que prescindir del amor que nos captura en las manos del más fuerte, vigilar la aparición de ese hongo maligno, la pareja, ese desconocido temible, lo masculino; si esto es así, el fracaso es evidente, está ya asumido en la sustancia misma de esas posturas.

Fracasamos si no tenemos más recurso que cerrar los ojos para ex­cluir a los hombres, porque sigue potencial e imperturbada nuestra debilidad, nuestra incambiada vocación de víctimas; o si hemos de hacer de machos, cosificar a los hombres, defender como “hombres” nuestro alto destino de profesionistas, re-legislar y re-milificar la sexualidad, si no hemos arrebatado al poder patriarcal ningún espacio en que vivir de otra manera…

Entre tanta invención e imaginación, no habríamos descubierto ni creado sino nuevas, normas, nueva moral, nuevas prohibiciones, exclusiones resentidas o temerosas, autorrenuncias y caminos de santidad, homosexualizaciones doctrinales, fisiologías fijas, sentimientos obligatorios, fórmula de condena, pecados de última hora, retórica socialmente reconocida: miedo a repetir lo que no podríamos repetir, terquedad en recrear lo viejo allí donde suponemos lo nuevo.

Lo que permanece es la difusión amplísima del feminismo como ideología, rica en variantes como en incoherencias. El feminismo participa de la crisis del psicoanálisis, de la crisis del marxismo. Sus cuentas con los discursos establecidos no están saldadas ni se ha modificado la realidad social de millones de mujeres. Como movimiento se ha disuelto en su mayor parte, aunque las modalidades de la desmovilización son numerosas. Integra un nuevo sentido común pleno de gestos excesivos que ya no son criticados, sino que obedecen a una incuestionada mecánica; sigue produciendo, como un aparato pensante de compuesto, un discurso repetitivo que sólo se demora en bizantinismos teóricos o en exaltados y sorpresivos re-plays.

Como de tantas militancias, es cierto del feminismo que lo mejor está en las mujeres y los hombres que lo abandonaron para intentar otras formas de crítica y de invención de la vida. En la desmovilización general, “el feminismo institucionalizado que muere es sustituido por la revuelta molecular, invisible desde el exterior, en las costumbres, la sensualidad y las relaciones con el cuerpo, con la palabra… Nada se olvida en lo más hondo de una coraza caracterial experimentada que se ha ido formando en estos años.” (M.A.M.) Nada se olvida: si hemos rescatado el cuerpo de su empleo en la reproducción, del dolor en el aborto, la imposición y la costumbre del coito, del traje sastre matrimonial, del encierro nocturno, de la protección masculina en la ca­lle y en el viaje de la necesidad de la compañía, de la belleza robotiana, el feminismo no es en absoluto un pasado renunciable, aunque sea ciertamente un presente incompartible.

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Notas

[1] Muchas mujeres vivieron procesos semejantes sin haber asistido nunca a los grupos… Por su capacidad de contaminación social, el feminismo es mucho menos minoritario dejo que se cree. Lentamente el discurso feminista imitó el sentido innovador, el encierro y el estilo del grupo.

[2] En muchísimos casos; el temor a la presencia inhibidora de los hombres era claramente paranoico, demostraba más una incapacidad ya consagrada que una intención política: he visto a un conjunto de ciento cincuenta mujeres cerrar la única ventana del local en que se reunían, y optar por asfixiarse, porque por esa ventana se asomaban dos hombres para escuchar en silencio (La Sal, Barcelona 1979). También se hicieron revistas sólo de mujeres, es decir no sólo dedicadas al tema de las mujeres sino sólo a cuanto ellas hicieran: ensayos teóricos, notas de libros, crítica teatral, cinematográfica y artes plásticas sobre y por las mujeres. Como énfasis es comprensible; como revistas eran malas, porque más que vincular o descubrir aislaban extrañamente fenómenos de una realidad que no se había partido en dos en absoluto. Ni siquiera para conformar un marco teórico del feminismo es posible excluir a los autores varones.

[3] Mabel Piccini: “Notas para la discusión”, conferencia inédita.

[4] Evidentemente, ello no obsta para la justicia de la protesta homosexual por la persecución de que el lesbianismo es objeto, ni para el conocimiento por parte de las lesbianas de formas específicas de la opresión de las mujeres y del funcionamiento de la ideología patriarcal.

[5] Puede argüirse que esta formulación es exclusiva del feminismo llamado radical y, desde luego, que su proposición teórica proviene de las homosexuales, pero no puede negarse que casi todas las feministas intentaron un reordenamiento de su convivencia en términos fraternales o sustituyeron el discurso amoroso por el análisis feminista (antes de renunciar al trato con el otro sexo o cada vez que lo reemprendían).

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