viernes, 3 de junio de 2011

La Revolución será Feminista



Hace unos días volví a Sol invitado por un amigo que se ocupa de la biblioteca infantil, la que está en la guardería, y aproveché para intentar aclarar uno de los episodios más oscuros de este movimiento. Me refiero a cuando la palabra “feminista” fue arrancada de una pancarta que acababa de ser colgada por un grupo de feministas en la ya famosa “fachada de Paz Vega”.



Este infame episodio, que revela más del talante de gran parte de los “indignados” que todos sus ambiguos lemas juntos, ocurrió del siguiente modo: varias mujeres, que muchos acreditan como miembros de la mítica Eskalera Karacola, empezaron a colgar un enorme lema que decía: “La revolución será feminista”. La plaza aplaudía entusiasmada cada vez que las mujeres, que treparon por el andamio, colgaban una nueva palabra: “La”, bieennnn, salva de aplausos, gran entusiasmo revolucionario; “revolución”, bieennnn, salva de aplausos, gran entusiasmo revolucionario, gritos de afirmación “esto es una revolución, sí”; “será”, bieennnn, salva de aplausos, gran entusiasmo revolucionario… “feminista”, shock, silencio incómodo, algunos aplausos indecisos, pero una gran parte de la plaza, según me cuentan, empieza a abuchear y a gritar contra la palabra “que no es nada revolucionaria” (¿¿!!). Las feministas que habían decidido exponer lo obvio (el feminismo como movimiento ha generado las más importantes revoluciones del pasado siglo) se quedan perplejas y se bajan algo desconcertadas.

Entonces un joven, un machista de mierda, se sube y arranca la palabra feminista de la pancarta ante el gran regocijo general. A continuación se dirige al público en la plaza y hace el gesto de un gorila golpeándose el pecho en clara referencia al macho dominante. La plaza le vitorea y ríe la gracia “revolucionaria”. Nadie se acuerda entonces del tan cacareado “consenso”.

Es curioso este interés de los “indignados” en no adherirse a ningún movimiento u organización, en no tener que explicar sus antecedentes, sus credenciales activistas. Yo creo que, sobre todo, se debe a que si las tuviesen que exponer nos enteraríamos de que el 99% de los entusiasmados revolucionario jamás han hecho nada más que plegarse al sistema (aunque no es un descrédito, siempre es buen momento para iniciar la rebeldía). Ese rasero igualador es el que ha hecho posible que este movimiento haya sido tan popular. La mera asistencia acredita la pertenencia. ¿En serio da igual una feminista luchadora de la Eskalera Karacola, que lleva décadas planteando una alternativa autogestionada, que una persona que bien podría ser el oportunista gorrón-casas de amigos para quedarse “unos días”? No lo creo.

Llevo días escuchando a la gente más dispar (desde genuinos millonarios y fascistas hasta jóvenes despistados) afirmar que esta es la revolución que cambiará nuestra historia. Que da igual quién haya ganado las elecciones porque la democracia de antes se ha quedado caduca, aunque la maquinaria del PP ya se haya puesto en funcionamiento coordinándose entre comunidades y ayuntamientos para repetir las operaciones de Madrid, Murcia y Valencia. No es popular recordar que la democracia “no real” (que es la real, la que manda) no se ha detenido y el resultado es un verdadero golpe de estado de las derechas. Pero hablar de eso es “reaccionario”, “burgués”, “contrarrevolucionario”. Cuestionar la realidad de la revolución es causa inmediata de purga revolucionaria, aunque lleves años movilizándote contra ese sistema que nos asfixia (y preguntándote dónde mierda estaban todos esos jóvenes en las manifestaciones y protestas a las que fuiste). La respuesta suele ser que no hay que cuestionar su valía sino abrazarla, mimarla, animar a esos nuevos revolucionarios, por muy sospechosamente atentos a las modas que parezcan.

¿En serio? ¿De verdad hay que considerar revolucionarios a unos jóvenes sistematizados, que han abrazado los valores patriarcales, exponentes claros del analfabetismo alternativo del que adolece quien está “institucionalizado”, integrado en el sistema hasta tal punto que ni sabe ni quiere pensar fuera de él, que ni siquiera sabe que el feminismo es un ideal, un pensamiento que abarca, afecta, por igual a hombres y mujeres? ¿Qué revolución se ha hecho “consensuando” lo que la mayoría ya cree, reforzando lo ya aceptado por la mayoría, sin ninguna discrepancia? Ninguna. Sobre todo porque la dictadura de la mayoría es lo que ha hecho necesaria (y es cada vez más necesaria, creedme) una revolución que traiga una alternativa a este corrupto sistema capitalista.

El concepto de una revolución que sea popular, que no ofenda a nadie y que no sea conflictiva, es un chiste. Pero esto pocos articulistas lo ha dicho. Se han limitado a adherirse a la moda del momento esquivado cualquier arista en la que su benevolente magnanimidad pudiese engancharse. Y este movimiento ha tenido más aristas que una alambrada de espinos, creedme.



Aunque unos días después colgaron otro cartel más pequeño junto al roto que dice “Sin feminismo no habrá revolución. Igualdad. Apoyo mutuo” (se aprecia en la primera foto) y es evidente en esta segunda foto que el movimiento feminista estuvo desde el primer momento, creo que tener que educar a estas alturas a una masa de jóvenes que supuestamente deberían haber evolucionado dice mucho sobre el potencial de este movimiento.

Yo apoyo las movilizaciones, estoy a favor de la protesta contra un sistema que nos está hundiendo con él, pero creo en protestas reales que planteen un conflicto para el sistema y una alternativa. De hecho de eso llevo años hablando en mis libros y en mi teatro. Especialmente en mi última obra “Movilizarse no es hablar por el móvil”, en la que expongo que o respondemos a estos desmanes o nos hundimos. Pero me preocupa la abstracción, blandeza y sumisión de este movimiento. Por mucho que se empeñen algunos en negar cualquier defecto y acusar de “contrarevolucionario” a cualquiera que cuestione su eficacia. Algo que surge desde el verdadero activismo y a lo que debería ser capaz de responder el movimiento 15M si estuviese destinado a cambiar mentes, no seducirlas por la simpatía.

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